A través de su estructura narrativa, algunos de sus detalles argumentales y su intento de ser a la vez sátira social y cine de terror, la primera película dirigida por la actriz Zoë Kravitz pone en evidencia hasta qué punto quiere parecerse a ‘Déjame salir’ (2017), la obra maestra de Jordan Peele; a través de buena parte de todo lo demás, deja en evidencia lo lejos que está de lograrlo. Su protagonista es una joven que recala junto a su amiga en la isla privada de un magnate, un lugar donde la comida es deliciosa, las reservas de champán y drogas son inagotables y los teléfonos no están permitidos. Y, quizá para enfatizar la vacuidad de ese estilo de vida o quizá porque siente fascinación por aquello que quiere criticar, se recrea hasta tal punto en imágenes de hedonismo que llega a generar tedio, especialmente porque el espectador sabe de antemano que aquella fachada paradisíaca esconde algo muy turbio.

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