Cuando Netflix anunció hace cuatro años que iba a hacer una adaptación de Cien años de soledad, no sabíamos si alegrarnos o echarnos a temblar. Estaban los entusiastas y los escépticos que ya iban con la escopeta cargada, como aquel pelotón de fusilamiento que apuntaba al coronel Aureliano Buendía mientras recordaba la primera vez que vio el hielo. La plataforma ha logrado superar con nota un reto que hasta hace unos años era impensable. La novela de Gabriel García Márquez tenía la etiqueta colgada de inadaptable, pero esa es una barrera que hace años que las series de televisión comenzaron a derribar. El formato de serie de televisión permitía un mayor desarrollo de cada una de las tramas, superando las limitaciones que supone el tener que contar todo en dos horas de película. Peter Jackson superó esos escollos de llevar al cine El Señor de los Anillos con tres películas de cuatro horas de duración cada una. Años después Juego de Tronos despertó la fiebre por las adaptaciones de abultadas sagas literarias de miles de páginas a través de las series de televisión. Tras pagar millonadas por los grandes best sellers, también estaba por abrir el melón de los grandes clásicos.