La dehesa se extiende por el suroeste de la Península como un mosaico único en Europa. Encinas y alcornoques alternan con pastizales naturales en un paisaje que ha evolucionado durante siglos gracias a una alianza imprescindible entre la naturaleza y el ser humano. Ese equilibrio depende de un actor que rara vez aparece en los debates ambientales, pero que determina la supervivencia del sistema: el cerdo ibérico de bellota.

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