En sus inicios, ‘True blood’ fue aplaudida por su desvergüenza. Después de ‘American beauty’ y ‘A dos metros bajo tierra’, Alan Ball seguía satirizando a la sociedad estadounidense y sus peores arneses ideológicos, pero esta vez a través de la pura fantasía, lo que le permitía ser aún más libre, delirante, no atender a ninguna frontera. Lo que en la saga de Fisher e hijos eran escenas oníricas aquí podía ser tan solo el día a día. 

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